Por qué dejé de escribir finales felices

Por qué dejé de escribir finales felices

No te voy a mentir: yo también lo hice. Me vendí haciendo finales felices que en algún momento, como a todo el mundo, me llegaron a gustar. Sin embargo, más tarde se volvió en un círculo vicioso que me pedía el doble. Me explico: escribía un relato corto con un «buen final», y a la semana siguiente estaba escribiendo otro empezando por cómo quería que acabara para que cumpliera las espectativas.

Así, poco a poco, acabé diseñando historias con finales de cliché que contentaran a un público que no quería afrontar la realidad. Por no hablar de los personajes, que por culpa de obligarlos a hacer ciertas acciones para que la historia «quedara bien», se volvían personajes planos, sin personalidad y sin gancho para nuevos lectores, ni para nuevas ideas.

Sí, dejé de escribir finales felices, porque mis personajes se morían interiormente antes de llegar a término.

Los finales felices que parecen un insulto

Cuando hablábamos de esa búsqueda de la falsa felicidad y del por qué nos sentimos solos en pleno 2026, me refería también a esto. Nos hemos vuelto locos buscando y pensando en cómo tiene que ser las cosas para que sean buenas y aceptables para los demás, que hemos querido forzarlo todo a nuestra conveniencia.

A mí también me pasó eso de ver una película que pensaba que iba a acabar con los protagonistas formando una familia, y acaban separados cada uno con una pareja distinta. Al principio me costaba entenderlo, e incluso me enfadaba pensando «joder, es que podían haberlo hecho de otra forma».

Por ejemplo, me enfadé muchísimo cuando vi Retrato de una mujer en llamas, porque pensé por un momento que la protagonista haría hasta lo imposible por quedarse con su amada en vez de aceptar su destino. Mi sorpresa fue que no fue así, al final Héloïse termina diciendo que sí a su matrimonio, y Marianne, la pintora se queda con el recuerdo de lo que fueron, y viéndola en retratos cuando acude a una galería de arte.

Es un final triste, pero es el final que cuadra con la historia y que cuadra con ambos personajes, por no hablar de que la película es ambientada en 1770 y no iba a resultar nada fácil. A fin de cuentas, es el único final que tiene sentido.

Ese enfado que sentí con el final de la película es el síntoma de lo que el filósofo Byung-Chul Han llama la agonía del Eros. Nos han educado para consumir amor como si fuera un producto, evitando cualquier herida. Pero Han nos recuerda que el amor real requiere la valentía de aceptar el dolor y la alteridad del otro, algo que no cabe en un final feliz de cartón-piedra.

La dictadura del final feliz

Total, que imagínate que esa historia y todas las historias del mundo acaban como tú quieres que acaben: con ambos protagonistas formando una familia porque se quieren y se juran amor eterno… ¿Qué nos está diciendo esto sobre la vida? Que no sabemos manejar frustraciones y que no aceptamos no tener el control de las cosas. A parte de que, la vida es así: dura y a veces una mierda, pero es real.

Eso último fue en lo que pensé cuando abrí esta web: hacer historias reales en un mundo cada vez más vacío.

Si buscas una historia que te revuelva las tripas en lugar de anestesiarlas, deja tu rastro aquí para la preventa.

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