El fraude de la «Responsabilidad Afectiva»: Por qué poner etiquetas no te hace mejor persona.

Responsabilidad afectiva o miedo al conflicto: ¿Eres sano o huyes?

Una vez más, otra palabra «increíble» para personas con miedo. ¿Quién no ha oído por ahí el término de responsabilidad afectiva? Abres Instagram, y el incluencer de turno te comenta que hemos de hablarle claro no solo a nuestras parejas, sino a todas las personas que nos importan. No es que no tenga razón, es simplemente que no nos está diciendo nada nuevo.

Es solo otra palabreja que suena muy bien, pero que no nos ayuda. Una manera de la psicología moderna para hacernos sentir menos malos, cuando en el fondo sabemos que nuestro problema es real y que estas maneras de suavizarlo, generan un conflicto en el futuro.

La trampa del «Autocuidado»: Cuando la salud mental es la excusa

No serás ni la primera, ni la última persona en quedarse con cara de idiota tras una conversación así. Imagínate que pasas tres meses con una persona y todo es maravilloso: te escucha, te presenta a sus amigos, se llevan bien sexualmente, hablan durante horas hasta las tantas de la madrugada… Y un día te despiertas con unos mensajes un tanto extraños. De repente, parece que lo ha poseído el espíritu del mismísimo Dalai Lama y viene a darte lecciones desde su pedestal de incienso.

  • «No vibras en mi misma frecuencia«. Yo no sabía que nos habíamos convertido en lavadoras. ¿La tuya centrifuga bien?
  • «No me sumas«. Llevamos tres meses hablando y el que habla de operaciones matemáticas eres tú. Yo pensaba que esto iba de sentir, no de hacer inventario.
  • «Tengo que sanar a mi niño interior«. ¿Por qué no has llevado antes a tu niño interior al parque? (O a terapia…o a que le enseñen educación básica, porque tiene unos modales de mierda).
  • Y mi favorita «es por mi salud mental«. Me resulta acojonante que pongamos de excusa la salud mental, cuando todo esto se traduce en: «Tengo un miedo atroz a enfrentarme a la realidad, a tu dolor y a las consecuencias de mis actos». Es un botón de pánico psicológico para huir sin sentirte culpable.
Simulación de chat de WhatsApp: ruptura de pareja por cobardía disfrazada de salud mental

Lo peor de todo es que este tipo de personajes, se creen con cierta superioridad moral por hablar con términos de psicología barata. Es como si se percibieran como un ser más evolucionado, cuando está haciendo un ghosting de toda la vida, pero con subtítulos. Claro, a la hora de ponerlo verde con tus amigos, es probable que te digan «bueno, si lo hizo por su salud mental, no te dejo por nada«. ¿Qué?

Esas frases quedarán bien en tu feed, pero hasta ahí, no te emociones.

El amor líquido y la devaluación de la palabra

Esa misma soledad de la que hablamos el otro día es la que nos hace aceptar migajas de atención. Nos hemos dejado arrastrar por un amor que se despacha con un scroll o un match. Y no, no busquemos el alivio de culpar a ‘la sociedad actual’, como si fuera un ente ajeno: el problema es que nos hemos convertido en gente sin personalidad, sin criterio y, sobre todo, sin cojones.

Las redes sociales nos han succionado como un huracán de vanidad. En lugar de blindarnos con conexiones fuertes que nos sirvan de refugio en este caos moderno, hemos decidido jugar al revés: buscamos amor y fidelidad en Tinder, mientras mendigamos sexo en nuestras parejas. Con este panorama, ¿Cómo coño no vamos a tener niveles históricos de depresión, ansiedad y aislamiento? Lo raro no es que estemos rotos; lo raro sería que, viviendo así, alguien lograra salir ileso.

Es muy fácil caer en el discurso masticado de siempre: ‘Es que antes éramos más machistas’, ‘antes no había derechos’, ‘antes los niños eran mano de obra’. Sí, vale, no soy estúpida; sé que el pasado no era un jardín de rosas. Pero dejemos de mirar el siglo XIX para justificar lo mal que lo hacemos hoy.

Hablemos de hace apenas dos generaciones. En tiempos de mis abuelos, mi abuela tenía el ‘lujo’ de decidir si quería trabajar fuera o criar a sus hijos; hoy, esa ‘libertad’ es una trampa: trabajáis los dos por obligación porque la vida se ha vuelto impagable, y aun así no llegáis a fin de mes.

Antes, un pequeño negocio era un legado, una escuela de vida donde los hijos aprendían el valor del sudor y el sacrificio desde abajo. Antes, las familias construían sus casas una al lado de la otra. ¿Y sabes qué? Los niños crecíamos mejor porque crecíamos unidos. Sí, siempre ha habido roces y gente con la que te llevas peor, pero había una red. Había un concepto de tribu que hemos aniquilado en nombre de una independencia que solo nos ha traído soledad.

Hemos perdido la palabra, la decencia y ese ‘eh, yo estoy aquí’ que era un contrato sagrado. Hoy, decir ‘estoy aquí’ se ha convertido en un mensaje temporal de WhatsApp, de esos que puedes ‘borrar para todos’, como si tu compromiso —y tu propia existencia— nunca hubieran tenido la importancia suficiente para dejar huella.

No lo digo yo porque tenga un mal día. Lo decía Zygmunt Bauman cuando hablaba del Amor Líquido: nos hemos convertido en consumidores de personas, y cuando el producto presenta el mínimo fallo, lo devolvemos y hacemos scroll.

Cómo recuperar el honor en las relaciones modernas


Si has llegado hasta aquí, habrás entendido que la responsabilidad afectiva no se estudia en un PDF ni se aprende repitiendo frases de gurús en Instagram. El honor no es una etiqueta; es un músculo que se entrena. Aquí no usamos términos técnicos. Aquí usamos la mirada. Si quieres dejar de ser un «Dalai Lama de WhatsApp» y empezar a ser una persona de palabra, este es mi método:

  • Si tienes algo que decir que sabes que va a romper algo en el otro, hazlo en persona. Si no eres capaz de sostenerle la mirada a alguien mientras le explicas por qué te vas, es que no eres «responsable», eres un cobarde con conexión Wi-Fi. El honor empieza por el respeto al rostro ajeno.
  • Deja de usar el botón de «borrar para todos». Si dijiste «estoy aquí», quédate hasta que cierres la puerta con educación. Recuperar el honor significa que lo que sale de tu boca tiene un peso. Si no puedes cumplirlo, no lo digas. Es preferible una verdad que escueza a una esperanza que sea mentira.
  • El conflicto no es «tóxico». El conflicto es necesario, es el lenguaje de la gente que se importa. Huir del conflicto bajo la excusa de la «paz mental» es de mediocres. La verdadera salud mental es ser capaz de atravesar una conversación difícil y salir de ella con la cabeza alta, sabiendo que no has dejado a nadie tirado en la cuneta.
  • Deja de analizar si «vibráis en la misma frecuencia» como si fuerais electrodomésticos. Empieza a analizar si tienes los mismos valores. ¿Tienes decencia? ¿Tienes lealtad? ¿Quieres construir un futuro con esa persona? ¿Tienes huevos para decir la verdad? Eso es lo que construye conexiones que no se quiebran.

¿Tendrías el valor de saltar?

Todo esto que te cuento no son solo reflexiones al aire. Es el núcleo de la historia que estoy escribiendo.

Mi libro no es un manual de autoayuda; es el campo de batalla de dos personas que tienen todo en contra. Especialmente ella, atrapada en una secta religiosa, teniendo que elegir entre la seguridad asfixiante de una familia que la quiere ‘unida’ pero muerta en vida, o lanzarse a un amor real que siempre le juraron que era obra del diablo.

Es una historia sobre si realmente tenemos la decencia de elegir lo que sentimos, o si preferimos morirnos de tristeza con tal de no romper las reglas de los demás. Si quieres asomarte a este abismo, apúntate a la lista de preventa de mi libro.

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