El amor no siempre salva: cuando amar complica todo

¿Qué opinas tú de la frase de «el amor todo lo puede» o «mientras haya amor, todo lo demás viene solo»? Supongo que como tú, muchos, incluyéndome, la hemos considerado verdad universal. A lo largo de mi vida, el amor jugó una parte muy importante, la sigue jugando hasta ahora y seguirá hasta que me muera. Pero, esas afirmaciones, ¿son totalmente ciertas o son parcialmente correctas?

En los tiempos actuales, donde se han perdido los valores junto con el valor de la palabra, y el amor ha quedado enterrado, los post de redes sociales y la idea general de la gente está muy comprometida con el postureo. El otro día sin ir más lejos, mientras trabajaba fregando platos, mi compañera me preguntó acerca del tiempo que llevaba con mi mujer, y yo le sonreí diciendo «casi diez años, y casadas, ocho». Ella se alegró muchísimo y me comentó que algún día también quería afianzar su relación delante de un altar. Fue entonces cuando mi jefa entró en acción y preguntó «¿pero tú te casaste bien?». Me quedé un rato pensando la respuesta, porque esa pregunta me la han hecho muchas veces a lo largo de los años, y al principio me molestaba, pero con el tiempo me gustó cada vez más, porque entendía que lo que tenía en casa no tenía precio. Cuando le pregunté que qué era eso de casarse bien, ella se fue directa al plano económico, «¿cuánto te gastaste? Porque yo si me caso, lo hago por todo lo alto, lo hago bien». Pues… yo me gaste menos de un sueldo mínimo en España cuando me casé. Fue una boda muy sencilla, donde invité a toda mi familia, compré la comida y la hicimos entre todos, compramos la vajilla, la decoración, alquilé un pequeño local, los regalitos, las invitaciones… y ¿sabes qué? Me casé con la persona correcta. Para mí, eso es casarse bien, todo lo demás, es un añadido.

Sin embargo, ese no creo que sea el mayor de los problemas, porque considero que es un conjunto de muchos. Dime, ¿cómo lo hicieron nuestros padres y nuestros abuelos? Tengo la gran suerte de que crecí rodeada de amor, y de parejas que se juraron amor eterno. De hecho, yo vine al mundo gracias a que mis padres dijeron «hasta que la muerte nos separe». Y no, no es magia, es solo compromiso, constancia y comunicación. El amor es una elección, no siempre es un sentimiento que está ahí y ya, es algo más complejo.

¿Entonces el amor todo lo puede?

Depende. Es una tarea muy complicada encontrar una persona que se comprometa contigo a estar en las buenas y en las malas, porque cuando hablo de «en las buenas y en las malas» todo el mundo salta diciendo «hombre, si tengo que recordarle que se beba una pastilla cada ocho horas, lo hago». No, esto va mucho más allá.

El amor es un compromiso entre dos personas que juran luchar hasta el último momento por conservar eso que los unió. Cuando dicen «en la salud y en la enfermedad» no es acercarte una pastilla porque te ha dado gripe, es que a lo mejor tu pareja se queda inválida y tu te comprometes a cuidarla, o que a tu pareja le digan que no puede tener hijos sabiendo que es la ilusión de su vida y decirle «te prometo que seremos padres, sea de la manera que sea»; en «la riqueza y en la pobreza» no es dejar de comprarte un videojuego por comprar un paquete de pañales, sino, comer arroz y pasta durante tiempos donde falta el trabajo y aún así dedicarle una sonrisa a tu pareja diciéndole «es solo una mala racha»; y sobre todo, cuando sentencian los votos con «hasta que la muerte nos separe» significa que solo podrás estar con esa persona por el resto de tu vida aunque se te ponga a tiro la persona más irresistible del planeta. Si no eres capaz de asumir todas las consecuencias, no uses frases de mierda justificando que se acabó el amor, o que ya no sentían lo mismo que al principio.

El amor para que evolucione a veces se complica, desestabiliza. Hay periodos donde las peleas y los desacuerdos aparecen de manera más regular en casa, donde pasamos por periodos de ansiedad, por trabajos de mierda, por pensar que no servimos para nada porque no estudiamos cuando nos tocaba, cuando tu familia es capaz de darte de lado, cuando miras la cuenta del banco y no puedes poner gasolina sin que te dé un tic en el ojo… Y quizás cuando pases todo eso y mires a tu pareja, puede ser que ella/él no sienta lo mismo, pero tú no puedes perder tu palabra, porque es lo que te hace ser inquebrantable.

Por lo tanto, el amor ese idealizado que se vende como cocaína en novelas de pacotilla, está bien para un rato, pero, ¿dónde está ese amor que lucha contra historias, creencias, miedos o responsabilidades ajenas? Nosotros no somos simples, y por lo tanto el amor no debe ser así. Ninguno de nosotros se conformaría solo con que nuestra pareja nos dijera que nos quiere, ¿verdad?

Hay amores que no encajan en la vida que ya existe, porque chocan contra estructuras muy solidad: la fe, la familia, la identidad, el deber, el miedo a perderlo todo o a descubrir quien eres. En ocasiones esos amores no arreglan nada, más bien abren grietas y rompen dejando vacíos difíciles de rellenar. Y bueno, digamos que es ahí donde empieza lo interesante.

Amar cuando no conviene

Pocas cosas se parecen menos a una historia romántica que amar cuando no conviene, cuando sabes que te va a costar algo importante. Cuando sabes que hay una línea que los separa al final del día y siempre es elegir una cosa u otra, cuando no puedes hacerlo en público, cuando la persona a la que amas es, al mismo tiempo, un paso lejos de ti y de todo aquello que conocías.

Este tipo de amor no te promete crecimiento personal, ni finales milagrosos donde terminan teniendo cuatro hijos y dos perros, no. Te enfrenta a preguntas incómodas:

  • ¿Hasta dónde estoy dispuesto/a a llegar?
  • ¿Qué parte de mí tengo que callar para seguir perteneciendo a donde siempre?
  • ¿Quién soy si elijo esto?

Me interesan ese tipo de historias porque no idealizan al amor, ni lo convierten en villano. Simplemente lo colocan donde realmente suele estar: en medio del conflicto, pero no como solución al problema si no como a veces, el mayor problema de todos.

Historias de amor reales: cuando no hay salida limpia

Las historias de amor reales rara vez ofrecen decisiones claras. Es decir, en la vida real no hay caminos correctos o lineales, entonces en las historias que nos ofrecen tampoco tendría que haberlos.

Pongamos el ejemplo de dos personas que se aman profundamente, que no pueden dejar de pensar en ellos como pareja, pero que si siguen adelante rompen sus lazos familiares. Aquí es donde está el sabor, ¿qué estás dispuesto/a a hacer con tal de arriesgarte por ese amor? Repito que este amor es de verdad, no es solo folleteo, hablo de gente adulta que se plantea un futuro juntos. ¿Estarías dispuesto/a a enfrentarte a tu padre, diciéndole que estás con la hija de una persona que no deberías, y arriesgarte a que te ponga en la calle? No hay respuestas correctas, pero siempre hay más de una forma de hacer las cosas.

En cierto tipo de relatos, el amor no llega para salvar a nadie, llega para poner nombre a lo que ya estaba roto, para obligar a mirar de frente a una vida que quizás ya no encaja, o llevarte lejos del lugar donde tú crees que perteneces. ¿Te imaginas que siempre has pertenecido a otro sitio, pero que nunca te lo llegaste a plantear hasta que llega cierta persona? A veces es un terreno pantanoso.

Es muy incómodo, pero es lo más humano que podrás ver, y ese tipo de historias son las historias de amor que rompen, las que marcan y dejan huella, las que aunque no recaudes un puto duro, merece la pena escribir. Quizás es por eso que escribo, buscando el amor más que como respuesta, como la llave de algo que nos lleva a descubrirnos a nosotros mismos. Me interesan los finales honestos, no los cómodos y a los que todos nos gusta imaginar. Me gustan esas historias que no cierran todas las heridas, pero sí que las hacen doler distinto. Porque incluso cuando el amor no arregla nada, dice la verdad, y decir la verdad –aunque duela– también es una forma de salvarse. No hablo de vivir mejor, hablo de vivir sin traicionarse a uno mismo.


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