¿Por qué escribir mal es necesario para aprender a escribir bien?

A ti te pasa, y a mi también. De hecho, nos pasa a todos, y más veces de las que me gustaría. Arreglas todo en la casa e incluso cambias planes porque decides que ese día es tu día: esa tarde lo tienes todo recogido, lavado e incluso oliendo al ambientador que te gusta. Te preparas el café, abres la libreta con toda la intención del mundo y, de repente… lo que sale es una mierda absoluta o no te sale nada, sin más.

No es que sea pasable o necesita algún arreglito tonto, es que es malo con ganas. Las frases no pegan, todo suena a mundo de fantasía, los diálogos suenan a plástico reciclado y sientes que los personajes no le llegan a los tobillos de grandes iconos de la literatura. En resumidas cuentas, que tú no sirves. Miras la pantalla, te dan ganas de borrarlo todo (o de lanzar el portátil por la ventana) y sueltas el famoso: «Mira, paso. No escribo más».

Pero escucha, acércate al fuego de la caverna un segundo: Ese rato que has pasado escribiendo basura, también cuenta, porque escribir mal es parte del proceso.

Los escritores de Instagram no son reales

No todo lo que ves en Instagram es real, vamos, ni de coña.

La gente no sube sus días malos, no sube el texto que le salió fatal, no sube esa frase que no funciona, ni la página que tuvo que borrar entera. Esta gente solo sube lo bonito, lo que luce como un vestido de novia, en definitiva, lo que da likes. ¿Tú crees que alguien va a subir una foto mal enfocada o un párrafo mediocre diciendo “esto es lo mejor que tengo hoy”? Suerte con eso.

Fuera de bromas, ¿cuántas veces abrimos redes y parece que todo el mundo está tocado por algo divino? Como si escribieran desde el quinto cielo, rodeados de ángeles y con una pluma perfecta. Otra vez spoiler: no es así ni de lejos. Esa gente también duda, se atasca, tira cosas, se va de viaje para despejarse y coger ideas y sobretodo, escriben cosas que no valen para nada. La única diferencia entre ellos y tú, es que tú no ves sus fallos y sigues obsesionado/a con los tuyos.

Ahí es donde aparece la comparación, y esta de por sí no es mala, pero la usamos mal. Nos comparamos con el resultado «ultrapulido» de otros, desde nuestras frases mas crudas. Claro, ¿cómo no vas a salir perdiendo contra un boxeador profesional si tú a penas estás aprendiendo a colocar las toallas?

Escucha, hay gente que ha llegado lejos, eso es verdad. Y ya no solo es que te digan «es que has tenido suerte», no. Es que a esa gente, sea por el motivo que sea, la mal llamada suerte, los encontró trabajando. Ya sea por talento, constancia, contactos… lo que quieras. Quizás no son ni siquiera tan buenos a tus ojos, pero esa no es tu guerra. Tu guerra es otra. Tu guerra es sentarte y escribir cuando no apetece; sacar tiempo entre turno y turno, con una vieja libreta al lado para anotar frases corriendo porque se te olvidan; equivocarte mil veces porque al llegar a casa, esas frases que te pasas el día escribiendo luego te parecen malas; tu guerra es seguir cuando nadie te lee, cuando escribes un post en redes sociales súper currado, y solo le da like tu madre y cinco extranjeros buscando sub x sub.

Sabes en el fondo que, compararte desde la rabia no sirve para nada. Pero, ¿sabes qué? Copiar con inteligencia, sí. No me malinterpretes y vayas corriendo a buscar frases en inglés de algún famosete para traducirlas y vender libros, no, no seamos tan simples. Hablo de admirar tanto algo y que te guste tanto un enfoque, una idea, una palabra que digas «Dios, tengo que hacerlo mío». Métele tu voz, tu forma, tu historia, y pule ese lado tuyo que puede que hayas perdido o que sigue ahí pero tienes que trabajarlo. Recuerda que esto no es una carrera de velocidad, es una carrera de fondo. Gana siempre el que no se rinde y sobre todo, el que se adapta.

Escribir sin miedo a equivocarse (y sin borrarlo)

Escribir es, muchas veces, cavar en el barro para sacar mierda, mientras miras alrededor y están todos sacando piedras preciosas casi sin esfuerzo. Para llegar a esos diamantes, primero tienes que sacar toneladas de mierda que están incrustadas en la superficie. Recuerdo en esas tardes, mis ratos de escritura junto con el libro de «El camino del artista» de Julia Cameron.

Nunca es demasiado tarde para trabajar en tu propia creatividad.

Escribir mal no es un fracaso; es el entrenamiento para poder llegar a donde queremos.

Sé que el impulso de darle a borrar y mandar todo al carajo es casi terapéutico, de hecho, si ya lo has hecho, no te ralles. Entiendo que sientas que si borras lo malo, aparecerán las cosas buenas de golpe, sin embargo cuanto más saques la mierda y el fango del agujero, antes podrás encontrar la cajita del tesoro.

1. La mierda que escribes ahora, es el abono de mañana: Sí, vamos a aplicar aquí mi lógica de persona de pueblo, y es que para que crezcan grandes y fuertes las papas, hay que gastar tiempo, agua y abono (y rezar porque no venga ningún viento que las tumbe). Bien, entonces digamos que ese viento eres tú intentando que crezcan antes de tiempo y sin el agua suficiente. ¿Cómo piensas que va a salirte la cosecha si no paras de darle golpes a las hojas?

2. La IA se equivoca al igual que tú: un algoritmo te va a dar normalmente respuestas correctas a lo que le preguntes, pero no te va a dar una novela con una pegatina de «próximo bestseller». Si fuera así, ya los escritores nos hubiéramos extinguido. La gente como nosotros, compra historias que rompan, que recompongan, que marquen, de esas que no puedes parar de leer hasta que te encuentras con el último punto. Lo que hace que esas historias se vendan es que las hacen humanos, con esa capacidad que tenemos de pifiarla, de ser demasiado o poco directos y del poco miedo que nos da enseñar los dientes o las cicatrices.

3. Mi «yo de mañana» sabrá qué hacer: A veces, dentro de un párrafo malo, hay una sola frase, un solo adjetivo o una idea que brilla. Si borras todo, matas esa semilla que te puede dar el empujón que necesitas para seguir o terminar ese proyecto. Volvamos a la lógica de pueblo: plantas cien semillas de pimiento y por la razón que sea, no sale ni una. Pero quizás no salen por alguna razón ajena a tu persona, pero tú no paras de decir «es que no se me da», y con ese impulso que nos da la rabia, revolvemos el terreno y volvemos a plantar otras cien semillas sin darnos cuenta que habían empezado a salir pequeños brotes.

La diferencia entre el que escribe bien y el que no… es que uno siguió

Si estás en ese punto en el que el asco por tu propio texto te supera y quieres dejar de escribir para siempre, hazme caso: vete. Cierra el portátil o la libreta, y vete a dar una vuelta, vete a que te dé el aire o vete a dormir. El error no es escribir mal; el error es creer que porque hoy no ha salido nada bueno, ya no eres escritor. Eres escritor precisamente porque te has quedado ahí peleando con la mierda hasta que te has cansado. Mañana será otro día y tienes que llegar a la próxima tarde, con otro café en la mano aunque sea para escribir «quiero escribir sin miedo a equivocarme».

Acepta que toca a veces escribir mal. Guárdalo, ponle un nombre feo al archivo si quieres, y vete a vivir. La caverna seguirá aquí, y la calavera de carnero te estará esperando para recordarte que solo el que se atreve a escribir mal acaba escribiendo algo que merece la pena ser leído.

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