¿Es amor o es cautiverio? La manipulación emocional bajo el escudo de la fe
En ciertos contextos religiosos, el amor está sujeto a condiciones. Peores incluso que algunos contratos de trabajo. Te explico, estas organizaciones disfrazadas de religión, giran alrededor de la idea de que seas un buen siervo. Si tú amas a tu pareja directamente sin pasar por el filtro de su deidad (muchas veces, la misma congregación), serás visto como una persona indecente. De hecho, es más que probable que esos sean tus últimos instantes dentro de ese grupo.
Me he encontrado a lo largo de mi vida con muchas personas, y las historias que más se me han quedado grabadas son las que justificaban malas obras a través de su religión. No puedo evitar recordar una amistad que tuve hace varios años en otro país. Éramos dos chicas que se juntaban después de clase para tomarse un refresco y para reírse de tonterías. Todo fue bien hasta que descubrí que vivía en una secta religiosa disfrazada de «la mejor religión sobre la tierra». Cuando empezamos a quedar más y ella empezó a dejar de ir a las reuniones, a hablar de la misma forma que hablaba yo y a frecuentar sitios que para sus padres eran veneno, el problema estalló.
Pronto me tacharon de mala compañía, y le prohibieron quedar conmigo. Nos veíamos en el instituto a ratos, quizás durante algún momento en el que ella no estaba vigilada por algún que otro miembro de su misma organización. Cuando la pillaron desayunando conmigo, el remedio fue peor que la enfermedad. Recuerdo que me contó por teléfono que su madre le había dado de golpes hasta decir basta (no era la primera vez, muchas veces cuando estaba en su casa, me hacían salir fuera mientras «la reconducían»). Hasta las redes sociales las tenía vigiladas, porque su madre tenía su cuenta en su ordenador personal, y como se diera cuenta de que algo no iba bien, era capaz de hacerse pasar por su hija para seguir la conversación.
Vivir es dudar, hacernos preguntas y cambiar de opinión continuamente. Pero en su mundo, la duda es un pecado y la individualidad, una traición. Al final, me di cuenta de una verdad muy dolorosa: para conservar a mi amiga, yo tenía que renunciar a mí misma, pedir perdón por existir o convertirme en una de ellos.
Decidí marcharme y tirar los recuerdos, no por falta de cariño, sino por pura supervivencia. Porque un amor que te exige pedir perdón por ser quien eres, que te vigila las pantallas y que se justifica a base de golpes a puerta cerrada, no es religión, ni es fe, ni es amor. Es una cárcel disfrazada de salvación.
Al final, nunca supe más de ella, excepto por algún mensaje esporádico a lo largo de los años. Sin embargo, decidí bloquearla para no causarle más problemas. Yo no podía mantener una amistad intermitente que, además, me hiciera ver como una mala persona. La quería un montón, pero todo se fue a la mierda por culpa de sus creencias.
La trampa psicológica: criticar desde dentro vs. el ataque desde fuera
Ella a veces me hablaba de estar fuera de la organización, de que todo allí le parecía una burla o le parecía de papel. Sin embargo, cuando yo la confrontaba y le decía claramente que su organización era una mierda o que debería salir de allí, ella retrocedía y se enfadaba conmigo.
Es una contradicción difícil de entender desde fuera. Ella podía ver las costuras del grupo, podía sufrir por la falta de libertad y quejarse conmigo en privado, pero en el momento en que una persona «mundana» atacaba su mundo, se activaba un resorte automático de defensa. Supongo que admitir que yo tenía razón implicaba aceptar que toda su vida, su familia y su realidad eran una mentira insostenible. Y dar ese paso da muchísimo miedo.
Ella siempre pensó que la única que salió dañada de todo esto fue ella, pero qué va. A mí esta situación me destrozó.
De la noche a la mañana, me convertí en el blanco de todas las miradas. Todo explotó por un post que subí a mis redes sociales hablando sobre el amor; una reflexión general que no tenía absolutamente nada que ver con ella, pero su entorno lo retorció todo. Ella se asustó, me dejó de lado y me dejó de hablar por completo. Y en el instituto, el rumor corrió como la pólvora: pasé a ser «la lesbiana del instituto».
A ver, sí, lo era, pero tenía 16 años. No iba por ahí presumiendo de ello ni estaba lista para etiquetas; de hecho, en esa época también tenía relaciones con chicos y apenas me estaba descubriendo a mí misma. Que me sacaran del armario a la fuerza, en un entorno tan hostil y usándolo como un insulto para justificar que yo era una «mala influencia», fue durísimo. Todos me señalaban.
Ella se fue creyendo que era la única víctima de su prisión, sin darse cuenta de que las rejas de su secta me habían golpeado a mí en la cabeza. Han pasado los años, pero yo siempre he tenido eso grabado a fuego.
De la herida a la tinta: por qué escribí mi libro
Las cicatrices que te dejan a los 16 años no se borran con el tiempo, se transforman. Durante años guardé ese silencio, esa impotencia de ver cómo una estructura invisible pero despiadada destruía una amistad, manipulaba el amor y me usaba a mí como daño colateral. Necesitaba sacar todo ese veneno de mi cabeza, y la única forma que conozco de sanar es escribiendo.
De ahí nació mi libro. A través de la historia de Elizabeth, he querido plasmar esa asfixia, ese comer arroz y pasta en silencio mientras el dinero se va a una congregación que te mide el amor con un cronómetro. He querido retratar ese miedo a la delación, ese tablero de ajedrez que es tomarse un café con alguien a quien quieres pero de quien desconfías, y ese choque brutal entre descubrir quién eres y las rejas invisibles de un grupo de alto control.
Ellie es una parte de mí, una parte de ella y una parte de todos los que alguna vez hemos tenido que elegir entre pedir perdón por existir o mandarlo todo a la mierda para poder ser libres.
El libro ya está en camino y puedes rapuntarte a la preventa hoy mismo para ser de los primeros en leerlo.
