Retrato de alguien que no sabe pedir perdón

Retrato de alguien que no sabe pedir perdón

Me he encontrado a este tipo de gente durante toda mi vida, pero nunca con la fuerza de mis compañeros de trabajo. Todo lo que escribo, lo baso en mi realidad para poder explicarlo, y es que donde más me encuentro personajes es en mi entorno laboral.

Hace más de dos años que estoy en el mismo puesto de trabajo. Desde los dieciocho trabajo en cocina, pero hace cinco que me decidí por la restauración colectiva (hospitales, colegios, residencias, etc.) porque necesitaba bajarle un cambio al ritmo de la hostelería. A todas estas, me encontré con un grupo de personas aparentemente majas en el hospital donde me encuentro y decidí darles una oportunidad.

Durante el primer año, fue más duro de lo que pensaba. Me encontré con un dúo de señoras tóxicas de más de cuarenta años que jugaban a ser amigas pero se acuchillaban por detrás sin compasión. En este tiempo, me vi envuelta en más de un problema sin saber porqué, y sobretodo, pensando que los problemas los causaba una única compañera de trabajo (llamémosla Yuvileysi). Cuando realmente, los problemas giraban entorno a ambas (Yuvileysi, y otra compañera llamada Gertrudis).

El caso es que después de varios acontecimientos, de peleas, de cambios de horarios y demás, empecé a ver las cosas con más claridad.

El arte de no dar la cara: Perfiles que prefieren el conflicto eterno a la disculpa real

Conforme pasaban los días, me di cuenta de que Gertrudis me estaba manipulando para que yo hiciera su trabajo bajo la eterna excusa de que «lo estaba pasando mal». Me atrajo con la carnada del chisme, la falsa complicidad de los secretos compartidos y esa idea de «hacer piña» para no sentirnos solas en el caos de la cocina.

Al principio, el engranaje funcionaba: yo la ayudaba y ella terminaba antes. Pero la venda se me cayó cuando entendí que era ella misma quien sembraba la basura sobre el resto de los compañeros en mi presencia. En ese momento, cerré el grifo. Dejé de ayudarla, me limité a cumplir con mis funciones y, en cuanto terminaba mi turno, cogía mi mochila y me largaba.

Mi cambio de actitud la dejó en evidencia. De repente, sin mi apoyo, tenía que ponerse las pilas y trabajar de verdad si quería salir a su hora.

Lo más revelador fue su reacción: el vacío. Nunca se dirigió a mí para pedir una explicación o para disculparse por los comentarios que soltó a mis espaldas. Cuando intentabas abordar un roce, ella lo zanjaba con un cínico: «No voy a hablar de esto porque no quiero problemas». Ahí lo entendí todo: es una persona que no soluciona los conflictos porque, literalmente, vive de ellos. Es una mujer tan poco interesante que, si no tiene un drama o un incendio que alimentar, no tiene nada de qué hablar. Su supuesta «paz» es, en realidad, el agotamiento mental de todos los demás.

Por otro lado está Yuvileysi, el «fosforito» emocional. Es el contrapunto perfecto para el juego de Gertrudis: cuando chocan, Gertrudis saca el pañuelo y llora, logrando que Yuvileysi parezca «la mala» de la película. Sin embargo, la realidad es que Yuvileysi simplemente explota tras aguantar las gilipolleces de una señora inmadura que sabe qué botones pulsar.

Yuvileysi siempre queda mal por las formas. Cuando se ve envuelta en ese clima de chismes, empieza a soltar mierda porque cree que es su única forma de sobrevivir al entorno. Ninguna de las dos sabe trabajar en silencio ni en paz. No saben resolver conflictos, pero hay una diferencia clave: a Yuvileysi, si la dejas tranquila y te la llevas a la broma, no te genera el conflicto de frente. Gertrudis, en cambio, es un veneno lento que te sonríe mientras te carga el muerto.

La conclusión: Mi «limpieza de sangre» emocional

Al final, la solución no fue sentarme a hablar con ellas ni esperar un milagro. La solución fue darme cuenta de que no puedes pedirle peras al olmo ni madurez a quien se quedó estancado en el instituto. Entendí que mi error no era ser buena compañera, sino esperar que ellas lo fueran conmigo. Me di cuenta de que Gertrudis y Yuvileysi no van a cambiar porque el drama es su gasolina; sin sus chismes y sus pullas, se quedarían vacías.

Así que tomé la decisión más sana: levantar un muro. Pero no un muro de mala educación, sino de indiferencia. Ahora mi respuesta a sus tonterías es ser una máquina trabajando. Hago lo mío, lo hago lo más perfecto posible para que nadie me pueda toser, y ahí se acaba mi interacción con su circo. He dejado de quemar neuronas intentando descifrar por qué no piden perdón o por qué actúan así.

La respuesta es corta: porque no les da para más.

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