La mujer que siempre llega tarde a su propia vida.
Quizá nunca imaginó que su rutina se desmoronaría tan fácilmente. Desde niña, había sido sinónimo de puntualidad y organización; sus horarios eran sagrados. Su obsesión por el tiempo era casi física: le provocaba dolores estomacales si un quehacer estaba incompleto. Recuerdo esas noches en que me llamaba, tarareando con entusiasmo los detalles de las tareas del día siguiente, como si fueran la banda sonora perfecta de su vida.
Pero todo cambió cuando conoció a la persona que consideró perfecta. Su estructura y yo nos fuimos, poco a poco, a la mierda. Las llamadas se acortaron, hasta que por fin desapareció sin dar una explicación ni para mí, ni para ella misma.
Su vida adoptó un ritmo predecible y monótono: los lunes tenía que estar en la misma terraza tomando café; y los viernes era una carrera contra el tiempo para dejar su casa impecable, lista para perderse el fin de semana entre sábanas y palabras vacías.
No sé todo lo que le pasó después, pero la verdad estaba pintada en su rostro. Nunca pudo hacerlo. Se transformó en un perfil más genérico: ya no pensaba o decía nada que tuviera peso; solo parecía interesarle pasar otro fin de semana de escapadas superficiales. Los lunes, hacía el esfuerzo por recomponerse y volver a la normalidad.
El caso es que nunca volvió a ser esa misma chica. Entiéndeme, ella seguía siendo ella, pero la esencia había desaparecido. Cada vez que coincidíamos en aquel café, me costaba más ver a la mujer de la que caí enamorado. Esa que huía corriendo al autobús si nos quedábamos un minuto más de lo acordado. Ya no sé cuándo perdió esa disciplina por el tiempo; llegó el momento en que ya no supe nada de su agenda. De hecho, nunca volvió por aquella terraza los lunes. La vi un miércoles al atardecer, paseando con otra persona. Y yo seguía rezando para que regresara la chica puntual y perfecta del pasado, mientras ella ni siquiera tenía idea de quién era yo.
