La agonía del Eros: La tecnología pone el abismo, pero nosotros elegimos el salto.

Hoy en día es tan fácil cambiar de pareja como hacer la compra online. No estoy exagerando, redes sociales como Tinder, Grindr o Tooclose, nos ponen en bandeja de plata al próximo candidato para la siguiente noche. Ya no es conocer a alguien e ir viendo como evoluciona la relación a pesar de no tener o tener varias cosas en común.

No, ahora elegimos que sea rubio/a, alto/a, que no fume, que le gusten los videojuegos, que salga a correr 20 km diarios y que sepa cocinar. Quizás ni nosotros mismos hacemos algo parecido, pero por pedir que no sea, ¿no?

El mercado de carne en la palma de la mano

Como decía arriba, hemos convertido nuestras elecciones en un bonito catálogo. Al igual que cuando hablamos de la pornografía, es mucho más fácil elegir ciertos filtros para que cuadren con nuestras preferencias, que buscar a alguien para tener relaciones sexuales.

El caso es que hay gente en ese tipo de redes sociales buscando algo serio, gente que dice querer compromiso, pero cuando ves que lo único que hace es darle like a sujetos que buscan simplemente echar un polvo… Es como decir que quieres comprar verduras y acabas en un McDonald’s, ¿qué coño haces ahí?

Lo peor de todo esto no son las redes sociales, somos nosotros. Te aseguro que si la gente no demandara cierto tipo de servicios, ninguna empresa arriesgaría su capital para crear algo con lo que va a perder dinero. Entonces, ¿es la sociedad actual, o somos nosotros que no paramos de ponernos excusas?

Nos hemos acostumbrado a lo cómodo, a lo barato, a lo que no requiere ningún tipo de esfuerzo. No hace falta que me creas, búscalo tú mismo/a. ¿Por qué ahora las relaciones no duran como duraban antes? Es mucho más sencillo hacer swipe cuando tu pareja no te convence o intenta hacerte evolucionar que mirar hacia dentro y decir «oye, quiero mejorar» o «oye, que esto no está bien». Ahí es donde está el problema. No es que papá y mamá lo hayan tenido más fácil, es que tú no tienes los cojones de querer hacer las cosas bien. Te quejas de que no tienes dinero, pero sales todos los fines de semana. ¿Lo ves?

La banda sonora del vacío (Música y decadencia)

Cuando nos adentramos en el mundo de la música actual, apaga y vámonos. Hemos llegado a un punto de cinismo tal que los propios cantantes, esos que deberían ser los guardianes de la emoción, son los primeros en promocionar redes sociales diseñadas para el consumo rápido de cuerpos. Pero el problema va más allá del marketing: la música misma se ha vuelto previsible.

Hoy, la mayoría de los temas son el resultado de samples más que estudiados por Inteligencia Artificial. Todo está medido para que tu próximo lanzamiento, aunque líricamente sea una puta mierda, suene en todas las emisoras.

Se acabó la mística de aquellos tiempos donde decenas de músicos se encerraban a crear una base real, orgánica, con alma. Ahora el proceso es mecánico: buscamos los samples más trending, los ajustamos un poco y voilà. Ya tenemos el producto.

Incluso la estructura del sentimiento ha sido hackeada por el algoritmo: está más que demostrado que si no metes el estribillo en el segundo exacto y lo repites con una frecuencia quirúrgica, no pegas. Da igual que seas Mozart resucitado; si no te ajustas al molde del consumo rápido, no existes. Hemos cambiado el arte por la estadística, y el resultado es una banda sonora vacía para un mundo que ya no sabe escuchar.

«La sociedad del rendimiento, en la que todo es mercancía y todo está expuesto, no tolera el dolor. El amor hoy se vuelve una fórmula de placer, se domestica para que no cause heridas»

La trampa del éxito: ¿Talento o supervivencia?

El problema es circular. Los que están arriba, los que ya tienen el poder de cambiar las reglas del juego, no lo hacen. ¿Para qué? Perderían millones en el camino y no están dispuestos a arriesgar su trono por el arte.

Y mientras, los que vienen desde abajo, los que empiezan con talento de verdad, se ven atrapados en un dilema perverso: o se mimetizan con el ruido masivo para poder comer, o se resignan a ser «muertos de hambre con talento». No hay término medio. El sistema te obliga a elegir entre tu voz o tu bolsillo.

No creo que el mundo quiera escuchar música que suena a estercolero por elección propia; es que no nos dan otra opción. Hay artistas de música urbana con un talento brutal, pero están más repetidos que un yogur de ajo. El mercado los coge, les quita las aristas y los empaqueta como a todos los demás. Cuando por fin llegan arriba, te quedas pensando: «¿Y ya está? ¿Esto era todo?». No hay nada nuevo, solo la misma fórmula con distinta cara.

La resistencia del arte: ¿Dólares o Valores?

Tengo la teoría de que si los artistas que vienen de abajo se atrevieran a hacer música de verdad, la gente —que ya está cansada de tanto plástico— respondería. Hay un público ahí fuera sediento de algo orgánico, de algo que no haya sido procesado por una oficina de marketing. Si volviéramos a lo de antes, a la honestidad de la creación pura, nos alejaríamos por fin de las grandes industrias que solo ven números donde debería haber alma.

Pero claro, hoy pesa más el dólar que los valores. Es más fácil venderse por un adelanto jugoso que mantenerse fiel a una visión. La honestidad se ha convertido en un lujo que pocos están dispuestos a pagar, y mientras tanto, seguimos alimentando a la misma bestia que nos escupe música vacía. Al final, parece que hemos olvidado que la verdadera riqueza de un artista no está en su cuenta bancaria, sino en su capacidad de no mentirle a quien lo escucha.

El fin del misterio del encuentro: Cajas perfectas, parques vacíos

Con todo esto sobre la mesa, ¿quién coño va a querer esforzarse? Es demasiado fácil descargarse una aplicación, subir una foto con el filtro adecuado y esperar el match. Nos hemos convertido en productos de estantería. Ahora tienes que estar perfecto para que otros te follen, pero no por amor propio, ni siquiera por vanidad real. Es pura logística de mercado: tienes que mantener tu caja intacta aunque por dentro estés más vacío que un parque a las dos de la tarde.

Ya no existe el misterio de descubrir al otro. Ese proceso lento de hablar, de ver en qué coincidimos, de discutir si queremos hijos o bajo qué valores queremos vivir… todo eso ha muerto. Como los algoritmos ya se han encargado de que nuestros filtros sean idénticos, ¿de qué vamos a hablar si ya sabemos que nos gusta lo mismo?

El plan es aterradoramente previsible: tener mil citas, sacarnos fotos para que el mundo vea lo «felices» que somos y, en cuanto aparezca alguien un 1% más interesante en la pantalla, si te he visto, no me acuerdo. No hay memoria, y mucho menos lealtad.

En el momento en que dejas de ser la novedad, dejas de existir.

Al final, no se trata de prohibirnos nada, sino de respetar unos valores que nos mantengan humanos. Podemos bailar cualquier ritmo, siempre que no olvidemos quiénes somos cuando la música se apaga. Si buscas una historia que no se queda en la superficie, que se atreve a tocar las heridas de verdad… ¿te atreves a leer mi libro?

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