Nadie empieza a escribir porque sea práctico. Ya te lo digo yo. Si buscáramos algo útil, nos habríamos metido a reparar ordenadores o a estudiar inglés, que al menos te da una nómina segura.
Si escribir fuera un trabajo «serio», de esos con su sueldo a fin de mes, sus aplausos en el balcón y resultados medibles, créeme que todo el mundo sería escritor. O, por lo menos, los que lo somos no estaríamos doblando el lomo en un trabajo X, arañando minutos al reloj entre turno y turno para garabatear cuatro líneas en un papel manchado de café. Pero la realidad es otra: escribir no te da nada de eso al principio. Y, si te soy sincera, muchas veces tampoco te lo da al final.
Y aun así, aquí estamos. Como idiotas o como valientes, pero aquí seguimos.
El nudo en el pecho y el talento enterrado
Escribimos cuando el nudo en el pecho aprieta tanto que no te deja pasar el aire; escribimos cuando tenemos las cosas tan claras que nos queman las manos, pero no podemos decirlas en voz alta sin que se monte un lío; escribimos aunque no nos lea ni el apuntador, aunque dudemos de cada coma y aunque pensemos que lo que hacemos no le llega a nadie a la suela del zapato.
Me jode pensar cuánto talento hay por ahí tirado, escondido o directamente muerto de asco en trabajos rutinarios que te roban el alma de ocho a tres. Personas que tienen un universo dentro pero que lo entierran porque «no es productivo».
Los escritores no somos seres de luz, somos gente que intenta ordenar el caos para no reventar por dentro. Nuestra función es simple: poner palabras donde antes solo había ruido de estática.
La gran mentira del «objetivo»
Nos han vendido la moto de que escribir tiene que tener un objetivo: terminar el libro, petarlo en Amazon, vivir de las rentas en una casa con jardín. Y oye, ojalá nos pase a todos. Pero si ese es tu único motor, te vas a quedar tirado en la cuneta en la primera semana.
La mayoría de las veces, escribir es incómodo, es lento y es más solitario que un faro en mitad del Atlántico. Aquí no vamos a fingir: escribir es sentarte frente a una pantalla en blanco que no te contesta, que parece que se ríe de ti. Es releer lo que hiciste anoche y pensar: «¿Pero qué coño estoy haciendo con mi vida?». Es querer borrarlo todo, mandarlo a la mierda y, aun así, volver al día siguiente con el café en la mano y la cabeza agachada.
Escribir para mantenerse en pie
Hay días en los que escribir no arregla nada. No te salva de la hipoteca, no te hace mejor persona ni te pone la etiqueta de «escritor de verdad». Pero logra algo mucho más importante: te mantiene en pie. Y eso, tal y como está el patio ahí fuera, es más que suficiente.
Escribir es una forma de escucharte cuando nadie más lo hace. Es la única conversación donde tú tienes la última palabra y donde nadie te puede echar por un paquete de gofio o por decir una verdad que incomoda.
Tu permiso para empezar
Este espacio, mi Caverna, no va de fórmulas mágicas ni de promesas vacías para que te hagas rico. Va de escribir con el corazón, sí, pero sin perder la puta cabeza. Aquí quiero que aprendas técnica para que tu mensaje llegue lejos, pero sin matar esa intuición que te hace único.
Quiero que aceptes que escribir también cansa, también duele y, a veces, da un miedo que paraliza. Pero si has llegado hasta aquí buscando permiso para empezar, aquí lo tienes: no necesitas que tu escritura sirva para algo «grande» para que valga la pena. Si te sirve a ti para entender quién eres mientras el mundo se vuelve loco, ya es la mejor obra de arte del mundo.
Vamos a darle.
