Nadie habla del cansancio de escribir (y ya va siendo hora)

cansancio de escribir

Seamos realistas tú y yo: nos han vendido una moto muy brillante y con mucha purpurina. Nos han dicho que escribir es un proceso mágico, que si las musas bajan a verte, que si el «flujo de conciencia» y que si la pasión lo puede todo.

Pero, entre tú y yo de nuevo… Hay días en los que sentarse frente a la pantalla pesa más que levantar sacos de cemento o cumplir un turno partido en un restaurante con la cocina a 40 grados. Y de eso no se habla en los manuales de narrativa. Nadie te avisa de lo que agota, de verdad, el simple hecho de escribir.

No es pereza, es agotamiento real

A veces me escribís diciendo: «Tania, me pongo y a la media hora estoy hasta las narices, no he sacado nada… ¿será que no valgo para esto?». Y siempre respondo lo mismo: quítatelo de la cabeza, porque a mí me pasa igual.

Escribir es, posiblemente, uno de los trabajos que más batería quema. No estás solo juntando letras; estás creando mundos y tomando miles de decisiones por minuto: ¿pongo esta coma?, ¿este adjetivo sobra o da vergüenza ajena?, ¿mi personaje suena idiota o real?. Y encima, le estás poniendo el corazón a cada frase. Tu cerebro está funcionando a 200 revoluciones por minuto mientras tu cuerpo está quieto. Normal que termines con ganas de mirar una pared en blanco durante dos horas y no saber ni cómo te llamas.

La fatiga de la «perfección» y el fantasma de la IA

Hoy en día, el cansancio es doble. No solo te cansas de crear, te cansas de comparar.

  • Ves a escritores en Instagram que parece que sacan tres novelas al año, siempre peinados y con un café perfecto al lado del MacBook.
  • Ves a la IA redactando textos en tres segundos que, aunque no tengan alma ni huelan a nada, son «correctos».

Y ahí estás tú, en tu caverna, intentando que una escena tenga sentido y sintiendo que vas a paso de tortuga. Ese peso mental agota más que el propio texto. Es el cansancio de sentir que, hagas lo que hagas, nunca es suficiente. Pero te digo una cosa: el algoritmo no se cansa porque no está vivo. Tú sí.

¿Qué hacemos cuando el cuerpo dice basta?

Si estás en ese punto en el que el cursor te parece una amenaza y la hoja en blanco te da alergia, aquí van unos consejos de colega a colega:

  1. Sal de la cueva un rato: La caverna es para crear, pero nadie puede vivir allí 24/7 sin volverse loco. Sal, que te dé el aire, vete al súper, mira cómo la gente se pelea por el último manojo de perejil. El mundo real es la gasolina de tus historias, no la pantalla.
  2. Baja el volumen a la autoexigencia: No todos los días vas a parir el capítulo que te dará el Nobel. Algunos días el trabajo es, simplemente, poner una palabra detrás de otra para que el músculo no se oxide. Y eso ya es una victoria.
  3. Descansar también es escribir: Aprende a diferenciar el bloqueo (no saber qué decir) del cansancio (no tener fuerza para decirlo). Si estás agotado, descansa sin culpa. Tu historia no se va a ir a ninguna parte; te está esperando a que recuperes el aliento.

Estamos juntos en esto

Escribir con el corazón —como siempre te digo— es agotador porque te dejas pedazos de ti en cada párrafo. Así que, la próxima vez que te sientas fundido, no te castigues porque es la señal de que te lo estás tomando en serio. Eres humano, no un código de programación.

Tómate un café, cierra el portátil y mañana, cuando la luz vuelva a entrar por la rendija de la caverna, lo intentamos de nuevo.

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